Mi historia con la alimentación ha sido una verdadera relación de amor y odio. Creo que para muchos es así. Para todos nosotros este post.
Nunca supe la razón por la que en mi casa no existía una consciencia de la alimentación. Crecí en un hogar tradicional donde por definición normativa «se comía lo mismo del almuerzo en la cena». Claro, por facilidad y practicidad no se cocinaba para cada miembro de la familia ni para cada momento del día. En esos términos hace mucho sentido.
Mis padres se alimentaron de una manera muy tradicional también. Por eso en mi casa los platos eran sencillos y gustosos. Con una característica de exceso de «harinas» (carbohidratos), muy poca ingesta de proteína (Las porciones de carne o pollo siempre fueron pequeñas) y una buena cantidad de fritos. Esto es tradicional de la cocina colombiana y creo que de muchas cocinas latinoamericanas.
La falta de información y del acceso a esta también hacía más difícil romper con un esquema milenario de alimentación transmitido de generación a generación por medio de la tradición oral, en casa había 3 o 4 libros de cocina, absolutamente todos de la cocina colombiana.
Comer salmón, ensaladas que no fueran de tomate, lechuga batavia y cebolla era algo muy lejano en el día a día. Aún recuerdo el momento cuando probé comida «del mundo» AKA arroz chino y lumpias. Literalmente recuerdo el día exacto que pasó porque sentí que había dejado de probar cosas maravillosas. Y pues creo que a partir de ahí me decidí a probarlas todas.
La comida es maravillosa, pero la falta de conocimiento y consciencia realmente te pasa la cuenta.
Me dediqué a comer, literalmente. Todo este gusto por la comida llegó en el peor momento, la pubertad. ¡Llegaba del colegio a tragarme el mundo! Lo peor es que nadie me detenía. En ese punto ya tenía problemas con mi autoimagen y poco hacía para remediarlo. Esta combinación fatal de talentosa y aplicada en todo menos en deportes y tragona profesional me pasaron la cuenta.
A los 16 años era una adolescente con sobrepeso, acné, baja autoestima y depresión. Todo el combo agrandado. A los 18 ya un caso perdido. En ese momento, como un ángel, mi papá entró a salvarme la vida.
Me pidió una cita con una nutricionista. Profesional que admiro, respeto, que considero un milagro para mí y que me ayudó a verme por primera vez «normal». Esta persona no paró de acompañarme y estuvo en mi vida en momentos tan determinantes como mi embarazo (Si, me daba miedo engordar de más). Ir donde una nutricionista me enseñó a «comer» pero durante todo este tiempo me convirtió en una esclava de la balanza y de las calorías. Me convertí en experta contadora de calorías y estuve atenta a mí «peso ideal» por muchos años.
Nunca me llamó la atención mirar los nutrientes ni las composiciones de lo que me metía a la boca. Me da lástima pensar en tanto tiempo en el que la alimentación no fue algo importante para mí. Hace poco reflexioné cuando escuché en la radio a un experto en autos hablando de la importancia de elegir «el combustible ideal». Lo importante que era elegir entre Plus y corriente y cuándo necesitabas aditivos, etc.
Cómo puedes saber qué combustible es ideal para tu auto o moto y esforzarte económicamente para «dárselo» y no preguntarte cuál es el combustible ideal para ti, para tu cuerpo, tú genética y tus necesidades y no querer dártelo.
La felicidad empieza por el estómago. Muchas variantes existen de esta frase pero significan más o menos lo mismo. Qué ciertas estas palabras y que montón de sentido cobran para mí en este punto de mi vida.
Después de mi embarazo me olvidé de las calorías. Las olvidé porque gracias a mi habilidad de contar calorías había vuelto a mí «peso ideal» relativamente rápido. Además ya tenía una persona que ocupaba el 90% de mi cerebro, dejándome el 10% para «mis cosas». Con el tiempo, sin embargo aparecieron otra vez mis viejas amigos, la depresión, la ansiedad y el vacío existencial.
Cuando me diagnosticaron depresión post parto y me recetaron pastillas antidepresivas, tuve un episodio de despersonalización y decidí abandonarlas. En ese momento dediqué un espacio nuevo de mi ser para encontrar formas naturales de sentirme mejor. El ejercicio fue lo primero. Nunca había sentido afinidad con los deportes, me consideraba torpe, débil, demasiadas etiquetas que me fueron puestas durante mi niñez y que me las creí.
Le di una segunda oportunidad y gracias a éste empecé a investigar un poco sobre cómo alimentarme mejor para sentirme bien haciéndolo. Entendí por primera vez que el peso no dice NADA. Que para mi sorpresa las calorías son un número que no dice NADA. Nuevamente tuve esa sensación a nivel interno que me dijo: ¡te has perdido de cosas maravillosas!
Cambié la proporción de la comida y cambió todo. Aumenté la porción de proteínas en mi dieta, experimenté con proteínas de todo tipo, reduje la ingesta de lácteos, investigué a causa de mi hígado comida con propiedades desinflamantes, aumenté considerablemente las frutas y las verduras diarias y dejé de pelear con las «harinas», eligiéndolas con cuidado y trabajando en la fuente más natural posible. Han pasado cosas increíbles. Tengo muchísima más energía, no se me apetece el dulce ni los famosos «antojos», aunque si quiero comerme uno tampoco me lo privo, no siento hambre ni ansiedad por comer y lo mejor, disfruto muchísimo el momento de alimentarme. Le he dado la importancia de un ritual y me he concentrado en disfrutar la preparación y mi momento de comer.
Alguna vez una entrenadora me dijo que le prestara atención a cada movimiento del cuerpo, lo hiciera consciente y así el ejercicio iba a ser mucho más provechoso. Pues decidí hacer lo mismo con mi comida. Le he dado la importancia que se merece. Me interesa entender las vitaminas, los minerales, las proteínas, los compuestos del combustible que le doy a mi cuerpo.
Ahora no soy una contadora de calorías, no me peso hace años y no pienso volver a hacerlo. No soy un número, no soy una talla. Soy una persona con una relación de amor propio, con un entendimiento de su cuerpo y una nueva pasión por entender cada día de una mejor manera cuál es mi dieta de la felicidad.
Como madre he entendido compartir esta importancia con mi hija, entender su proceso y brindarle la atención a su alimentación para que se sienta bien, crezca bien y se desarrolle bien.
